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El optimismo

El optimismo es, lógicamente, la antítesis del pesimismo; una visión negativa de la vida que tiñe nuestro futuro de una opacidad descorazonadora, que tanto daño le hace a tanta gente (No va a andar… No va a funcionar… No voy a poder…). El optimismo creo, es esencial al ser humano. ¿Qué quiero decir con esto? Que no somos productos finales, sino justamente una obra en proceso, y que todo el tiempo nos estamos haciendo. Y que, por lo tanto, nuestra verdadera potencia está en iniciar, y no necesariamente en terminar. El optimismo debería ser esa energía que nos alienta: No importa tu edad, ni el momento de la vida que estés atravesando, seguí haciendo, seguí siendo, porque la clave de tu humanidad está en ese devenir; no te rindas jamás, seguí probando.

¿Cómo hacemos, más allá de lo que describí recién, para ser optimistas con todo lo que vemos que sucede a nuestro alrededor? ¿Cómo forjamos ese optimismo? Lo hacemos desde una disposición, apelando a la esperanza y a la luminosidad de futuro. Ser optimistas es insertarnos en el curso de la historia (con mayúsculas) sabiendo que no vamos a lograr torcerla, pero sí con la certeza de que nuestras pequeñas historias serán un aporte clave para ese conjunto mayor.

Optimista, en esta línea de pensamiento es quien asume el protagonismo de su vida. Un pesimista, en cambio, será siempre la víctima pasiva. Y con esto no quiero decir que no podamos quejarnos, muchas veces con justa razón, cuando nos va mal, o cuando algo no sale tal como lo habíamos planificado. El problema es transformar esas lamentaciones en un estado general y permanente, y vivir la vida bajo la lente esmerilada del pesimismo.

Tuve una dificultad, la voy a superar… Estoy enfermo, pero me voy a curar… Es una posición de imposición positiva y energética. No es invocar la magia, ni la ilusión, ni la superstición, sino hacer todo el trabajo necesario para revertir los problemas que vaya deparando el camino. Pero desde la alegría, no desde la tristeza. Desde el entusiasmo, no desde la nostalgia. Desde la fe, no desde la especulación. Y sin caer en la fantasía de la omnipotencia, sino justamente aprendiendo a distinguir nuestras reales posibilidades.

Un ser optimista no es aquel que espera que se realice la ilusión, sino el que pone entusiasmo y energía para transitar y superar con esfuerzo los momentos duros o complicados, el optimista se verifica ante la dificultad. El optimismo, desde el punto de vista espiritual, no está vinculado a lo que va a pasar afuera, sino a lo que se hace adentro para encarar lo que el afuera propone o impone, según el caso. Un verdadero optimista no apela al pensamiento mágico o infantil: Quiero que se cumplan todos mis deseos… Sino que enfrenta su optimismo desde la madurez. Como la mente y cuerpo están conectados, una persona optimista es más sana que lo que no lo son. Y además, curan y sanan a los que están a su alrededor.