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Entrevista al rabino Sergio Bergman

“Celebrar la diferencia es tener un estado espiritual de exaltación y alegría porque el otro diferente existe”

El rabino Sergio Bergman nació el 23 de enero de 1962, está casado y es padre de cuatro hijos. Es rabino del Templo de la calle Libertad en Capital Federal y es legislador electo por la Ciudad de Buenos Aires a través del PRO. Previo al cierre de la campaña del PRO Gualeguaychú, el 18 de octubre, visitó la ciudad y ese día dialogó con EL ARGENTINO no ya sobre el hecho puntual de las elecciones del 23 de octubre sino sobre la necesidad de comprender que la tolerancia no es un horizonte sino un umbral indispensable para la integración y la inclusión y luego migrar hacia la celebración de la diferencia.
Bergman plantea casi como un desafío: “Necesitamos la plena vigencia de las instituciones. Nadie puede cambiar la Argentina si no se cambia desde adentro. La transformación de nuestro país, en términos de valores, es un proceso cultural que se resuelve con educación. Y la educación basada en los valores solamente se resuelve a través de la ejemplaridad y la virtud”.

-¿Qué es exactamente un rabino?
-Un rabino es un maestro. En nuestra tradición, desde el año 70 de la era común, con la destrucción del segundo Templo de Jerusalén que cometieron los romanos en tiempos de Tito, se cancela la función sacerdotal. La guía espiritual del pueblo quedó entonces en manos de los rabinos, que son doctores en la ley y maestros de base en sus comunidades. No hay más orden episcopal, ni eclesiástico, ni sacerdotal. Lo que existe es un liderazgo, un magisterio, donde tenemos la representación de la comunidad de base que nos designa y nos reconoce como su maestro.

-¿Por qué religiones que no son institucionalmente democráticas, tienen en nuestra sociedad una voz influyente para la democracia?
-Hay una diferencia entre los valores que sostienen las religiones como expresión de la cultura y la dimensión espiritual -que es una dimensión humana y universal más allá de cualquier tradición religiosa- y las instituciones que representan a las religiones. Por eso no es lo mismo la espiritualidad que la religiosidad. La institución “religión” está conformada por los atributos de autoridad y poder. Entonces la religión, como institución, administra la autoridad y el poder para perpetuarse como tal, más allá de tener que atender las necesidades de sus fieles. Por eso las instituciones, tanto religiosas como civiles, en muchas oportunidades abusaron de esa autoridad y de ese poder y eso no tiene nada que ver con los valores que enarbola la espiritualidad o religiosidad. Y lo que está ocurriendo en América Latina, es que el lugar de los valores hay que iluminarlos, porque en muchos casos los sistemas políticos corrompen esos valores. Por eso en determinados momentos sociales, las religiones tienen que entrar en la escena de la representación política y partidaria, y al ingresar a ese escenario se convierte en una señal de alarma.

-Es un tema recurrente en la historia Argentina…
– Desde 1810 los frailes criollos estaban en el Cabildo de la Revolución de Mayo, en 1816 en la Casa de Tucumán declarando la Independencia o montados a caballo en un campo de batalla. No es una novedad esa participación. En momentos importantes o determinantes que la sociedad requiere esas contribuciones hay que ofrecerlas. Y no sostengo este concepto como un patrimonio exclusivo de las religiones, sino de las instituciones que forman parte de la comunidad.

-¿El rabino es una vocación docente pero también es una vocación religiosa?
-Es una vocación docente. Tengo mi formación académica y profesional en las llamadas ciencias duras: soy doctor en Farmacia y Bioquímica de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA), pero siempre tuve la vocación docente. Como estudiante universitario era ayudante de Física en la Facultad y tenía una intensa actividad comunitaria en la educación no formal, como líder juvenil. Eran como dos caminos que fueron acompañándome hasta que tuve que decidir entre mi profesión y mi vocación: elegí mi vocación. Y la tarea docente, cualquiera sea su tipo, es una vocación con capacidad profesional. Por eso me preocupa la distorsión cuando el maestro solamente se ve a sí mismo como trabajador y no como docente. Digo, el maestro tiene que tener y ejercer los derechos como trabajador; pero no puede cancelar o suspender la vocación por los atributos gremiales o sindicales.

-El maestro tiene deteriorada su autoridad social, por múltiples causas, algunas propias y otras ajenas…
-Sí, es una preocupación actual de la sociedad. Tallan cuestiones culturales, familiares y básicamente la ausencia del Estado. El docente para no perder su dignidad como trabajador ni debilitar su vocación, requiere y necesita el apoyo del Estado que vele por la dignidad de su trabajo. Aquí debería existir un complemento: el Estado le da los insumos de la dignidad como trabajador (para que no tenga que reclamar lo que le corresponde) y el docente despliega la vocación de ponerse en un lugar de autoridad (que no es autoritarismo) sobre la cual la ejemplaridad educa en valores al alumno. Porque la formación en valores tiene que ver con el eterno saber.

-¿Se acuerda de algún maestro que lo haya marcado?
-Tengo varios. Uno fue mi rabino, quien me formó en mi adolescencia. Era el rabino Roberto Graetz. Era un rabino joven, argentino, que se formó en Estados Unidos y que estuvo en mi comunidad de origen en el barrio de Belgrano. Además, fue quien acompañó al rabino Marshall Meyer en toda la época en la lucha por los Derechos Humanos y los desaparecidos. Él tenía un perfil más bajo que Meyer, junto a Herman Schiller y para mí fue un ejemplo. Schiller mismo fue un militante de los Derechos Humanos, que siempre ha estado al lado de las Madres de Plaza de Mayo y dirigió su periódico… fue un militante como pocas veces he conocido y ha sido otro ejemplo en mi vida. Ellos me dieron las primeras referencias o fueron mis referentes de que cuando en la sociedad suceden cosas horribles, cuando se profana la vida, cuando se profanan la ley y los valores, es cuando más hay que involucrarse y comprometerse. A diferencia de los usos demagógicos de aquellos que cuando tenían que hacer no hicieron nada y ahora reivindican tarde y mal, queriendo pagar para atrás lo que no pagaron en su momento al contado cuando debieron haberlo hecho, que no sólo se escaparon sino que pactaron con quienes hoy denuncian. Frente a eso, tengo el ejemplo de quienes se jugaron la vida y además se tuvieron que exiliar.

-El caso del rabino Graetz fue casi emblemático…
-Sí, él se tuvo que ir porque su propia comunidad le decía que no era conveniente enfrentarse a los militares, poniendo en riesgo los intereses de la comunidad. Sufrió mucho. Cada tanto vuelven esas expresiones que alientan el no involucrarse, el no comprometerse. La sintetizo diciendo que son expresiones naturalizadas que hay que revertirla culturalmente. Por eso es muy importante saber estar con los principios y no con los ganadores.

-¿Qué es ser judío exactamente: una religión, un pueblo, una cultura? ¿Todo eso junto?
-Al judaísmo lo defino básicamente como una civilización, originada en la construcción religiosa –monoteísmo ético- y devino a lo largo de todos estos siglos en una cultura de múltiples manifestaciones y muchas vías de acceso para adoptar esa identidad. Por eso no es sólo una Nación, no es sólo una religión, no es sólo un pueblo. No es tampoco un tema de dogma.

-¿Pero existen judíos dogmáticos?
-Sí, pero eso no significa que en el judaísmo haya un dogma. No hay un dogma de fe. Quien nace dentro del judaísmo lo es, independientemente de lo que crea. Hay judíos que son ateos y por ser ateos o ser no creyentes, no pierden su condición de judíos. El paradigma cultural hace que nosotros tengamos 3.500 años de internas y que nunca, desde el primer día, pudimos ponernos de acuerdo. Tenemos una gimnasia interna, un sistema de orden tribal, que es jerárquico y vertical, aunque cada jefe de tribu obviamente piensa que es el jefe de todos.

-Hizo referencia a la cultura. En ella se producen creaciones, apropiaciones e imposiciones…
-La cultura tiene que ver con el trabajo. No me refiero a la tarea rutinaria de la fajina. No es el empleo. Toda persona por su condición de persona es un ser social y por lo tanto es un ser cultural. Nos diferenciamos de los animales, a veces, porque somos sofisticados y no nos regula el mero instinto o la agrupación de la manada. Sino que somos sujetos del símbolo, del lenguaje y del sentido. Venimos al mundo no para estar en él sino para otorgarle un sentido y así habitarlo.

-La integración de los pueblos hoy se vive de manera más concreta en gestos cotidianos y no en los discursos institucionales. Por ejemplo, un guiso se elabora en base al arroz que vino de Oriente y se mezcla con la papa y el tomate de América.
-Ese ejemplo es claro para graficar que la práctica cultural es, casi siempre, más plástica en términos culturales y populares, que los discursos formales de las instituciones y los representantes. Si todos somos seres culturales y sociales, lo humano es lo común y es lo que nos puede dar unidad. Entender eso es entender que todos somos miembros de una gran familia. En este caso la diversidad no pierde su unidad, justamente la enriquece. La humanidad se hace más humana y evoluciona según lo que hace con la diferencia.

-En este proceso deben prevalecer algunas etapas…
-Un primer estadio, mínimo e imponible, lo establece o se ocupa el Estado, la ley, la república, la democracia. Y es la de asegurar por derecho la tolerancia a la diferencia. La tolerancia aparece como un gran horizonte, pero en rigor es un pequeño umbral, mínimo, para que no nos matemos, para que podamos convivir y coexistir. Y la ley se ocupa en hacernos entender que nos guste o no, al otro hay que respetarlo en su lugar de diferente. Pero luego de la tolerancia necesitamos migrar por una cuestión de evolución cultural, a aceptar la diferencia.

-Se trata de un salto cuántico, no es un tema aritmético.
-Exacto, es un tema de orden. Aceptar la diferencia ya no es aguantar o tolerar; sino reconocerla en su lugar de simetría, donde ya no necesitamos la ley o el castigo para que el otro tenga su lugar. Sino que le hacemos el lugar al otro, porque eso nos da un lugar a nosotros.

-¿Y el último estadio?
-Obviamente, es el que no hemos logrado, pero creo que es el paradigma que viene e incluye la idea de que las religiones, las ideas, las divisiones, no pierden su singularidad pero son subordinadas a la idea de unidad. Y eso tiene que ver con celebrar la diferencia. Lo diría de este modo: celebrar la diferencia es tener un estado espiritual de exaltación y alegría porque el otro diferente existe.

-Aquí ya no se tolera ni se acepta la diferencia, porque la diferencia forma parte de esa unidad…
-Así es. No se la tolera ni se la acepta porque se la integra, se la incluye a tu ser. Y se la incluye o se la integra por el hecho de que si el otro no fuera lo diferente que es, uno se perdería una dimensión de este mundo cultural.

-Es oportuno reflexionar este concepto pero en la política argentina. ¿Cómo observa la identidad política, teniendo en cuenta que muchos partidos con varias décadas de existencia han perdido o no reconocen su propio origen e incluso han dejado de lado sus bases fundacionales?
-La sociedad argentina está en un proceso de transición. Lo que ya fue y no va a hacer, está terminando. Uno tiene que tener paciencia y respeto, a pesar de todos los defectos y horrores de los que ya actuaron, hay que dejarlos que terminen en paz. Los sistemas sociales tienen sus sistemas de regulación. En este caso, la revalidación no es la opinión subjetiva del opinante, sino lo que el pueblo soberano vota. Y en la medida que se pierda representación, se dará lugar a otras manifestaciones. Por otro lado tenemos lo que dicen que son, y que no necesariamente son así, porque a las categorías siempre hay que volver a explicarlas y no basta con enunciarlas. Y en el medio existen nuevas inserciones en un escenario que todavía tiene como materia pendiente, migrar de los liderazgos personales a la consideración institucional de propuestas diferenciadas basadas en valores. En este contexto hay que valorar a la ideología, porque sin ella no se puede hacer política. Pero para ello la ideología tiene que ser el Norte para orientar el curso de las transformaciones que cada propuesta pretende realizar.

-Por eso la política necesita de los atributos del poder y la autoridad…
-Exacto. Pero la autoridad no es para hacer lo que uno quiere, sino hacer lo que prescribe la ley y transformar la realidad y no abusarse de ella. En esa ecuación, los partidos políticos tienen que plantear una plataforma donde esté plasmada su visión e ir preparando a los habitantes que se hacen ciudadanos para que sean militantes, funcionarios, representantes y formar parte de esa construcción política integral y que no tiene que ver con el marketing electoral ni votar cada dos años. Esa visión volverá a dignificar al Estado como herramienta de gestión para el bien común, volverá a ubicar a la política en el lugar que le corresponde como acción noble y transformadora. A su vez es necesario que los jóvenes se involucren cada vez más con la democracia y la participación… A diferencia de mi generación, que nos inculcaron el no te metas, hoy hay que impulsar y animar para que los jóvenes se involucren cada vez más. A los jóvenes hay que explicarles que para cuidar y mejorar la democracia se tienen que meter y comprometer. Y finalmente, para que un sistema político se consolide no tenemos que pensar igual; pero tampoco vivir como enemigos. Se tiene que vivir como hermanos, que pensando distinto construimos la civilización del diálogo y para ello es necesario generar consensos en la diferencia para llevar adelante políticas de Estado, que le resuelvan los problemas a la gente. En última instancia, es honrar el compromiso que se asumió cuando se abrazó la vocación política: esa vocación no es otra que buscar el bien común. La gente descree cuando observa que esa responsabilidad es una mera palabra y no un compromiso.

Por Nahuel Mciel
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