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IOM KIPUR – De Kaparot a Slijot

Iom Kipur es literalmente el dÍa de la expiación. Desde la destrucción del Templo de Jerusalem no sólo se terminaron las castas en el pueblo de Israel, no hay más sacerdotes, sino que se cancelaron los sacrificios. Hoy somos todos y cada uno de nosotros un sacerdote en el pueblo de Israel, estamos a cargo del más sagrado de los templos que es nuestro propio cuerpo, mikdash meat, en el que albergamos el alma en nuestro hálito vital. Hoy en lugar de sacrificios, ofrendamos nuestras oraciones, meditaciones , devociones, estudio, ayuno y reflexión como Avoda Shevalev, ofrenda del corazón. No hay más expiación. El ritual según lo detalla la Mishná en Iomá, es claro y preciso. El sumo sacerdote en el día más sagrado del año imponía sus manos sobre uno de los dos machos cabríos que fueron sorteados en la mañana de Kipur, uno para el sacrificio, el otro para la expiación. Zeir LaHazazel, el chivo expiatorio. Una vez que el sumo sacerdote aseguraba a la vista del pueblo todo que el chivo expiatorio se caía en el precipicio de la explanada externa del sagrado templo perdiéndose en el desierto de Judea, se concluía con la Avodah, la ofrenda expiatoria que cumplía con su función, nuestros pecados han sido expiados, el pueblo era purificado de todos sus pecados por medio del ritual de Iom Hakipurim, el Día de nuestra expiación de nuestros pecados.

 

En nuestros días, no hay expiación posible. No sólo por la cancelación de los sacrificios y ofrendas, sino por la evolución espiritual de nuestra tradición que migra de las kaparot, de las acciones rituales de expiación en un animal, para elevarse en la reconciliación, reparación , arrepentimiento y profunda reflexión en el valor del perdón. De Kipur a Slijot, de expiar a perdonar, se da un salto evolutivo en la vida espiritual de nuestra tradición. No se trata de una evolución histórica, sino espiritual ya que aún en nuestros días, hay quienes quieren en el ritual expiar, liberarse, encomendar a la forma, aquello que debe realizar el contenido. Es decir, usar la religión como superstición, o someterse al día de ayuno y oración a la espera de una mágica recompensa o liberación de responsabilidad por lo actuado y las acciones desplegadas en el año que termina, para iniciar puros y limpios un año nuevo.

El valor del perdón no olvida ni otorga impunidad, sino que es memoria y recuerdo de todo lo actuado que no se borra, pero se cura, sana, repara, transforma de error a aprendizaje para nuestra propia evolución en cada año , sin pretender ser perfectos en nuestra acción pero sí responsables y responder en Teshuvá por lo que hemos realizado. El valor del perdón es un acto amoroso de desintoxicación para poder asumir que nuestra libertad que celebramos implica responsabilidad que asumimos.

Celebremos entonces que hemos dejado la expiación para afirmar la elevación espiritual del perdón. Sólo quien es valiente y tiene coraje perdona y es perdonado, pero fundamentalmente asume que somos siempre libres de actuar, pero no lo somos de las consecuencias de nuestras elecciones y acciones. La libertad con la que fuimos dotados como un don es justamente lo que en Rosh Hashaná hemos celebrado. La creación del mundo, Iom Harat Haolam, y en él, la humanidad, en las figuras de Adán y Eva. Esa libertad nos hace elegir y poder ejercer aquello que debemos agradecer a Eva quien nos guió a comer del fruto del árbol del conocimiento, del bien y del mal. En Rosh Hashaná fuimos creados y por ello somos criaturas libres y creativas, en el discernimiento, debemos no solo ejercer libertad sino responsabilidad entre el bien y el mal debemos responder por lo que hacemos y por las decisiones que tomamos. Si no fuéramos libres no podríamos elegir, y sin elección no hay posibilidad de caer en el error. En estos errores nuestras tradición no ve pecados para cargarnos con la culpa, sino actos de vida para aprender a ser responsables y responder por cada acción como una experiencia de aprendizaje. Si hacemos el bien, celebrar su bendición, si hacemos el mal, asumir la reparación en el reconocimiento, el arrepentimiento, y el perdón. Así se inscribe el ciclo anual de las estaciones de la conciencia que como la naturaleza necesita morir a la omnipotencia para renacer en la humildad que se nutre del valor del perdón.

Podamos en este Kipur afirmar el valor del perdón como un acto de misericordia y amor, que no sólo le pedimos al cielo sino a nosotros mismos para que podamos renacer a un nuevo año confiados que nuestros errores nos hacen humanos, y el valor de perdonar y perdonarnos nos hacen imagen y semejanza de lo divino.