Noticias

Pueblos, naciones y estados: unidos en la diferencia

SEXTA PARTE

 

En este breve recorrido por las categorías conceptuales de los pueblos, naciones, estados y gobiernos, el recurso por excelencia que hace la diferencia, somos los seres humanos. No hay riqueza y potencia más plena de la realización humana que su capital social y espiritual, tantas veces dilapidado o mal articulado. Es por ello que apelamos una vez más a un análisis espiritual de la construcción social y cultural de nuestras realidades como sociedades, con el fin de afrontar el desafío de hacernos entre las naciones más humanos.

Los estados modernos se han establecido a partir de revoluciones. Ellas, sean pacíficas o violentas
—debemos lamentar que en su gran mayoría costaron sangre inútilmente derramada por no saber, querer o poder coexistir en la diferencia—, se establecieron por minorías transformadoras que ofrendaron su utopía de cambio a una mayoría consumidora que se sumará a dicha épica de nación.

Los valores fundantes modernos fueron propuestos a partir de una declaración universal de los derechos humanos, cuya forma organizacional fueron los estados que en cuanto garantes, establecen las leyes en las que los habitantes del territorio adquieren la dimensión de ciudadanos, y coexisten en el ámbito de la ley que los ampara en un contrato social de derechos y obligaciones. Tres fueron los pilares para la constitución de los estados
—cuya fórmula garantiza que pueblos y naciones estén unidos no solo en su diferencia sino en lo común que hace a sus esencias espirituales—: la libertad, que es ley; la igualdad, que es equidad; y la fraternidad, que es humanidad.

La imposibilidad de coexistir entre naciones como hermanos que somos los humanos, respetando las diferencias en nuestras diversidades como pueblos, solo puede tener entidad en la libertad del individuo de desplegar toda su potencia particular, sin ejercer la prepotencia de imponerse como libre a privar o vulnerar la libertad de los demás. Quien en nombre de la libertad profana a otro pueblo o nación, queda esclavo de su propia humillación al renunciar a la divinidad, ya que la libertad es solo en el marco de la ley que la sostiene. La anarquía violenta de la prepotencia de que soy libre para hacer con el uso de la fuerza camuflada de razón, no es otra cosa que una profanación de la ley.

La equidad, en términos de la igualdad de derechos y oportunidades, pero también obligaciones de los miembros que componen tanto una sociedad como un diálogo entre naciones, debe asegurar que este principio sea un fin en sí mismo, y asegurar que todo lo humano se preserve en la dignidad de una equidad, donde un mundo rico en recursos los distribuya a todos por igual, al ofrendarle a cada habitante del planeta su techo, su pan, su salud, su educación, que resguarden lo sagrado de su vida.