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Pueblos, naciones y estados: unidos en la diferencia

CUARTA PARTE

 

La paz entre los pueblos queda a cargo de las políticas de los estados. Para lograrla, se requiere un liderazgo a cargo de estadistas y no de meros administradores que, confundiendo el poder para realizar el proyecto de nación que le delega su pueblo, se apoderan de forma totalitaria en el abuso del poder para proponer, en nombre de la verdad, de una denominación, una ideología, una raza, una religión o del mismo Di-s, que son ellos quienes pueden adoptar el uso de la razón y la imposición a través de la fuerza de una solución a los ideales de su pueblo, que no son otros que las arbitrariedades de un totalitarismo que, sin importar origen o signo, reducen lo noble del ideal a la tragedia de la disolución, la desintegración fraticida entre las partes que pierden todo.

Los estados entonces participan de un mundo organizado en códigos compartidos que, siendo formales, no siempre son reales a la hora de convivir. Una revisión de los contratos no solo políticos sino éticos y morales en la plena vigencia del respeto a la ley, la vida, los derechos de la mujer, las garantías de la dignidad humana, la equidad, la democracia y la reciprocidad entre las naciones como familia, están pendientes. Para ello, los estados, en tanto instrumentos privilegiados como lo establecen las constituciones de los estados modernos, son gestionadas y administrados por los gobiernos.

Un gobierno asume el estado para trabajar una nación como proyecto que no es suyo sino de su pueblo. Asumir un cargo por encargo de representación es hacerse cargo del rol y la función que, como administrador a plazo fijo y bien determinado, no admite acceder al poder para servirse de él sino para servir a la noble causa de consagrarse a la función pública para la realización de la visión compartida que hace de ese pueblo una nación.