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Pueblos, naciones y estados: unidos en la diferencia

PRIMERA PARTE

 

En el tiempo histórico de estos conceptos hay una evolución. La tolerancia fue oportunamente un logro en la sociedad para armarse como tal. Habilitó el pasaje de la barbarie, de la guerra, del control territorial, del uso de la fuerza, de lo feudal del dominio, a la emancipación como ciudadanos, a partir de la burguesía, en las ciudades y estados. Nos rige un principio de tolerancia; al otro la ley lo preserva, y no puedo disponer ni de su vida ni de sus bienes.

Sobre este primer pilar se construyeron las sociedades modernas. La aceptación es una consideración superadora cuando una cultura marca valores, donde el otro no es ni obstáculo, ni amenaza, ni impedimento, ni imposición, sino un par simétrico, con el que me reconozco en un plano de intercambio.

La celebración espiritual no forma parte de lo regulado por el sistema, ya que no se puede imponer por la ley. Es un estadio espiritual que empieza en uno; nadie puede celebrar lo que no vive auténticamente como propio. Es empatía en acción, reconocimiento en esa diversidad de una oportunidad para todos.

A lo largo de su desarrollo, los pueblos han construido sus identidades en procesos culturales en lo que la diferencia era una herramienta tanto para consolidarse internamente en su diversidad entre sus componentes, como en referencia a otros pueblos en los que la diferencia no era entre las partes de un pueblo sino entre los pueblos mismos.

Etnias, idioma, costumbres, folklores, rituales, creencias, castas, roles, funciones, economías, regiones pueden ser, entre otras múltiples dimensiones, las que van transitando las diferencias dentro y entre los pueblos. Los pueblos están unidos en la dimensión de la civilización humana; es decir, podemos asumir una categoría conceptual en la que todos los pueblos somos una gran familia, entendiendo que cada uno aporta su diferencia al conjunto de la humanidad.

Esto es tan cierto como volátil a la hora de entender que el único lugar de la realidad sociocultural, geopolítica y económica donde este principio se asume y en definitiva se comparte, es en el imaginario colectivo. Hombres y mujeres de buena voluntad no dudan en trabajar para acercar el día en el que lo imaginario, que sabemos es un ideal, sea parte del mundo de lo real. Esta utopía, que no es otra que la esperanza mesiánica de redimir a la humanidad, no es resistida por la gran mayoría de los pueblos, y a pesar de ello, no son pocos los obstáculos a la hora de plasmarlo en la realidad de la coexistencia pacífica y armónica entre ellos.