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Ser conciencia

Dado que tenemos libertad y libre albedrío, tenemos discernimiento. Y nuestra capacidad de discernimiento tiene dos planos. Por un lado, se despliega en nosotros un tipo de discernimiento que podríamos denominar operativo, que nos permite dividir el mundo en categorías de opuestos: luz / oscuridad, frío / caliente, blanco / negro. Por otra parte, también contamos con un discernimiento cognitivo, y que es, antes que nada, valorativo. Bajo esa lente, ponderamos la realidad y generamos juicios morales: bueno / malo, valiente / cobarde. Este discernimiento dual nos permite aprehender y procesar las ideas del mundo que nos rodea.

Porque ¿qué es, después de todo, una idea? Una idea es una diferencia. Si no hay diferencia, no hay idea. Algo que se ve con bastante claridad, por ejemplo, en los sistemas informáticos binarios, donde los datos fluyen en función del par elemental pasa / no pasa. Ahora bien, ¿cómo se manifiestan estos conceptos en nosotros, en tanto seres humanos? Esa diferencia de la que hablábamos resuena en la conciencia, e instantáneamente la conciencia le proyecta una valoración y le asigna un sentido.

Todos, por nuestra mera naturaleza, tenemos esta capacidad consciente de procesar la realidad y reflexionar, valorar y otorgar sentido a las cosas. Ahora bien, ¿todos lo desarrollamos del mismo modo y lo aplicamos con la misma consistencia? Aquí, me temo, la respuesta es no. Como en tantas otras esferas de nuestro despliegue de lo humano, en ese punto también hace falta trabajar.

La conciencia es, valga la analogía, uno de nuestros músculos esenciales. Y como todo tejido muscular, necesita ejercitación, uso y disciplina. Abonar nuestra espiritualidad es expandir esa conciencia.