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Ser hijo

Partamos de una verdad inapelable: todos somos hijos. No todos llegan a ser padres o madres, pero si hay algo cierto es que todos somos hijos. Esta idea debería colocarnos en una situación de reconocimiento y de agradecimiento, ya que la vida nos fue dada como un don. Los que creemos, pondremos ese agradecimiento en nombre de Di-s y de nuestros padres. No hay ningún mandamiento que se refiera ni a los hijos ni a los hermanos. Pero sí hay uno que habla sobre los padres.Y ese mandamiento nos insta a honrarlos.

Pienso que tal reconocimiento está vinculado no tan solo al plano de lo personal sino a cierta dimensión institucional de la paternidad. Más allá de los planteos y de las objeciones que puedan surgir en cada caso particular, las acciones para constituir una familia que despliegan los padres merecen agradecimiento y reverencia. Esto no significa que debamos hacer, como hijos, todo lo que desean de nosotros nuestros padres. Sino tan solo reconocer que les debemos nuestra humanidad.

Esa gratitud, creo yo, debería ser una acción eminentemente amorosa, y jamás un acto —vacío— movido por la culpa o la obediencia a sus mandatos. Cuando un hijo se ha emancipado de la jurisdicción paterna, en cualquiera de sus aspectos, les debe respeto, pero no obediencia a sus mandatos. A pesar de que esto suena evidente y hasta obvio, muchas veces esas ideas se superponen o confunden: hay vidas adultas enteras signadas o atravesadas por imposiciones paternas.

Vale decir, reconozcamos y honremos a nuestros padres, ya que eso dignifica nuestra humanidad y nos depura espiritualmente. Pero nunca vivamos como si fuéramos sus prolongaciones, porque eso degradará nuestra condición de entidades autónomas y soberanas.